César Ulloa-Tapia
No hay mejor expresión del poder que tiene la informática en tiempos de coronavirus. Aquello que parecía una muletilla cuando varios autores hablaban de manera anticipada de un nuevo tipo de sociedad es real, la sociedad de la información, la comunicación y el conocimiento. El control de la pandemia en los países del Asia se logra con el uso de avanzados sistemas de big data, es decir, de enormes bases de datos que, a más de contar con información de las personas en todos los ámbitos, tienen el registro en tiempo real de sus desplazamientos.
En ese sentido, desde los grandes servidores que están manejados por el Estado se conoce quién es una persona, dónde vive, trabaja o estudia, qué hábitos tiene, a dónde se mueve, en qué horarios, cuál es su estado de salud. Bajo esa dinámica, alguien puede recibir en su celular una alerta de riesgo si es que estuviera cerca de una zona de contagio, solo para citar un ejemplo. O, también, se puede conocer si una persona es portadora del virus, si cumplió la cuarentena o si tiene que seguir aislada. La pérdida de intimidad y privacidad es ahora justificada para precautelar la seguridad. El dilema del mundo contemporáneo es si la libertad está en riesgo por la seguridad. O, dicho en otros términos, la seguridad está sobre cualquier necesidad y realización.
La discusión en materia de política y gobierno reaviva el debate acerca de la necesidad de configurar un Estado que controla todo versus un Estado que pretende girar con todas las dificultades del caso hacia una política pública de solidaridad en todas las esferas como manifiesta el escritor Yuval Noah Hahari. Quienes miran con buenos ojos los resultados que han conseguido los países asiáticos, entre ellos China, para ralentizar y controlar el virus, no les molesta la idea de un Estado controlador. En Ecuador esta tesis no es descabellada, pues apenas el 54.4% de la población encuestada para el Barómetro de las Américas cree en la democracia, ya que al resto le seducen los patrones autoritarios y disciplinarios.
La idea del Estado “disciplinador” no es nueva. En su momento, Michael Foucault y Louis Althusser, desarrollaron esta tesis y alertaron los riegos, al punto de decir que la disciplina llega a ser un patrón de vida y se instala en el cuerpo y la mente en una suerte de biopolítica. Ahora, los estudios de la neuropolítica nos advierten cómo los estímulos que recibe el cerebro por parte de ciertos políticos determinan la manera de votar. Lo cierto es que todas las decisiones se toman con información y el riesgo está en crear ciudadanos de primera, segunda y tercera, porque sus identidades pondrán al descubierto su salud, formación, ideología, capacidad de ingresos, hábitos en tiempo libre, gustos y preferencias de consumo. El coronavirus nos plantea una nueva sociedad, en donde la información tendrá más valor que el oro y el petróleo e igual que el aire y el agua.
@cesarulloa_77
