¿Por qué leer el libro «Chávez, Correa y Morales: discurso y poder»?

PRÓLOGO DEL LIBRO POR ALFREDO RAMOS JIMÉNEZ

En su reflexión sobre el sentido de la política, Hanna Arendt se planteó una respuesta a partir de su experiencia vivida bajo el nazismo: “En política debemos diferenciar entre fin, meta y sentido. El sentido de una cosa, a diferencia del fin, está siempre encerrado en ella misma y el sentido de una actividad sólo puede mantenerse mientras dure esta actividad. Esto es válido para todas las actividades, también para la acción, persigan o no un fin”. Establecer la diferencia entre la política de los políticos y la política de los nuevos dictadores está en el origen de este libro, Chávez, Correa y Morales. Discurso y poder, de César Ulloa, miembro destacado de las nuevas generaciones de politólogos latinoamericanos.

       Ulloa ubica su estudio en un terreno donde unos cuantos creían ligeramente que “ya se había dicho todo”. Llegarle desde el discurso del poder al análisis de la política no es ciertamente tarea fácil. Y es que cuando se profundiza sobre la vida y acción de los tres personajes de esta historia nos asalta la idea de que algo habremos hecho mal para que tales personajes hayan influido significativamente en las decisiones sobre la vida que nos ha tocado vivir.

         Si partimos del hecho de que en su ascenso al poder no hubo sorpresa alguna, puesto que se trataba de un asunto más bien previsible, si no repetitivo, el fenómeno no exigía de entrada  una discusión detenida sobre su especificidad histórica. Tardamos unos cuantos años en reparar sobre la amenaza cargada de peligros para la débil institucionalidad de nuestras –así llamadas hasta nuevo aviso- democracias precarias.   Porque, tomar a Chávez, un militar frustrado sin ideología definida –un Castro provisto de petróleo, según algunos o un estalinista tropical, para otros-, Correa, quien se presenta a sí mismo ante sus seguidores como un  “izquierdista cristiano” y Morales, líder de los cultivadores de coca y socialista improvisado, como las figuras prototípicas del gran extravío de la política latinoamericana del nuevo siglo, conlleva no pocos riesgos para el investigador. En la exploración de Ulloa ya quedan develados los contornos del fenómeno. Como en la política europea de los años recientes, los Putín, Erdogan y Urban han sido percibidos como la expresión desencarnada de aquello que Zygmunt Bauman describió magistralmente  como la maldad líquida, que se ha ido extendiendo con la globalidad actual, producto de una ceguera moral que, según el autor polaco, ha afectado sensiblemente a las élites política, mediática y académica en nuestros días.

      El mérito principal de este libro no es otro que el de haber puesto de lado las anteojeras ideológicas que han venido interponiéndose en nuestra visión de aquello que según unos cuantos –al parecer, los muchos- revestía las características de un acontecimiento excepcional, que escapaba a las teorías y categorías más al uso en nuestros estudios y perspectivas de análisis.

En una de sus entrevistas recientes, a las que nos tiene acostumbrados, y sin que le quede nada por dentro, Slavoj Žižek, observó el hecho de que él integraba un grupo privilegiado de intelectuales europeos –así lo destacó-, que no había sido engañado y aún menos, seducido, por la figura de Hugo Chávez. Yo podría decir lo mismo: en artículo publicado por la revista Nueva Sociedad (nº 181) en 1999, traté de dejar en claro el hecho de que el Chávez de entonces, que había convencido a unos cuantos intelectuales latinoamericanos, europeos y norteamericanos, incursionaba en nuestras vidas como el hábil prestidigitador, campeón de la duplicidad y la manipulación, con capacidad para llevarse por delante a cualquiera de sus adversarios políticos, rápidamente identificados como enemigos.

 Otro tanto ocurriría después con las figuras de Correa y Morales, cuando el recurrente “viraje hacia la izquierda”, preconizado desde Europa por políticos e intelectuales, socialdemócratas en su mayor parte –en el gobierno y en la oposición-, fundamentó la muy extendida tesis, portadora de ofertas y promesas,  sobre el advenimiento de los “nuevos tiempos”: Heinz Dieterich desde Alemania, con su mal definido Socialismo del Siglo XXI, Richard Gott, desde Inglaterra, con un Simón Bolívar reloaded y desde Francia, Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, con indisimulada admiración hacia los epígonos latinoamericanos de un “socialismo marxista antiglobalización”, cada uno a su manera, vivían una suerte de relanzamiento de las banderas de “la revolución” después de la caída del Muro de Berlín, cuyo trigésimo aniversario fue celebrado no hace mucho. ¿Qué dirán ahora que los Chávez, Correa y Morales ya representan un mal recuerdo, si no la pesadilla histórica de la que todos aspiran salir de una vez por todas?

El autor del presente libro admite por principio el reto ineludible que consiste en identificar, a partir del discurso, los entresijos del poder de los Chávez, Correa y Morales, a fin de develar la trampa y coartada que nos tendieron estos autoproclamados “revolucionarios”, en una época de fatiga cívica, incertidumbre y frustración colectiva. En el esfuerzo sostenido por estos últimos -logrado a pulso, ciertamente-, orientado hacia el proceloso desmantelamiento de la débil institucionalidad de las incipientes democracias latinoamericanas, les seguirían con el tiempo los Lula Da Silva y Dilma Rousseff en Brasil y  la pareja de los Kirchner en Argentina.

La lectura del texto de Ulloa ha traído a mi memoria los diversos intentos por abordar y explicar aquello que algunos propusimos de entrada como el “fenómeno Chávez”, reedición del tradicional populismo latinoamericano, experiencia premonitoria de aquello que vendría después con Correa en Ecuador y Morales en Bolivia.  En discusión con mi maestro, el latinoamericanista Alain Rouquié, se asomó la hipótesis según la cual el así llamado chavismo no era otra cosa que una amalgama entre Perón y el Che Guevara (posteriormente lo dejaría por escrito), es decir, la combinación original entre el “populismo militar” filofascista del primero y el marxismo primario del segundo. Y en su muy citado libro, Michael Reid, periodista y escritor de The Economist, observa: “Chávez no vio en el Libertador al aristócrata conservador que admiraba a Gran Bretaña y Estados Unidos. Más bien imaginó a Bolívar como un antiimperialista radical”.  A lo que habría que agregar el indigenismo del mestizo Evo –Mario Vargas Llosa dixit-, reuniendo en un todo a los portadores de la promesa redencionista de “los de abajo”.

Asimismo, el tradicional clivaje izquierda/derecha, que nos había servido tanto en nuestros debates y discusiones, su empleo ha quedado reducido a los análisis simplistas, tal como lo asume el autor de este libro. Y es que, contrariamente a una idea bastante extendida, no existen en el mundo real populismo de izquierda y populismo de derecha. Por el contrario, este populismo del siglo XXI no tiene nada que ver con la promesa revolucionaria. El populismo nunca será revolucionario: el populismo de los Chávez, Correa y Morales, propuesto como “proyecto político liberador y antiimperialista”, solo ha servido para engatusar a unos cuantos y enriquecer a otros tantos. Suficiente con asomarnos a la tragedia venezolana, en la que hunde sus raíces el nuevo Estado mafioso de los Maduro, Tareck y Diosdado, destinado a desplazar o sustituir al “Estado de partidos”, democrático-liberal, como proyecto político de los cuarenta años de la democracia bipartidista. Y en la medida en que la política chavista se apoyó desde sus orígenes en políticas de resentimiento, la comunidad entró en movilizaciones masivas, acogedoras de la acción y conducción de osados aventureros, predispuestos a echar por tierra los esfuerzos de una democratización inconclusa.

También es verdad que la quiebra de los partidos políticos en los tres países estuvo en la base de una extendida demanda ciudadana de reformulación e innovación políticas. Ulloa hace un recorrido completo por las “formas”, presentes en el poder personalizado, un tanto narcisista, de los nuevos dictadores. Comparto con el autor la cuidada descripción de una política extraviada, que dejó en el camino la propuesta original incluyente de una participación ampliada y un mayor protagonismo del “pueblo”.  Nunca hubo, en los tres casos estudiados, una preocupación genuina del nuevo liderazgo por asegurar desde el gobierno mejores niveles de convivencia humana, dentro del juego de intereses de todo sistema democrático. Por el contrario, poniendo el énfasis en una polarización social efectiva, los nuevos dictadores se propusieron acabar en sus países con todo vestigio de política democrática: el liderazgo populista se movió siempre en el camino que conduce hacia una definitiva patrimonialización de la vida política. En este sentido, Ulloa se propone como tarea específica la desmitificación del proyecto “liberador” de estos nuevos dictadores, que siempre trataron con desdén y desprecio a sus gobernados, dejándolos a la deriva, sin reconocimiento alguno: “si los pobres dejan de ser pobres, perderemos su apoyo”, afirmó un joven ministro chavista muy seguro de sí mismo. En tal sentido, este ensayo, conciso y accesible, representa una valiosa contribución en el camino que nos llevará decididamente hacia el desentrañamiento de una gran impostura, de actores políticos grandilocuentes, predispuestos a hacerse ver y oír como los legítimos representantes de una izquierda que, a la larga, vive huérfana de valores e ideales.   No nos extrañe entonces el hecho de que en sus ejecutorias públicas –superioridad moral de por medio- estos nuevos dictadores sean propensos al uso de la violencia contra quienes disienten de sus ideas y acciones, en un terreno donde comienzan a tomar cuerpo las tiranías de nuestro tiempo.

Si bien es cierto que todo dictador, candidato permanente a convertirse en tirano, tiende naturalmente al sometimiento y control estricto de sus gobernados, no lo es menos el hecho de que, en el ejercicio de su poder arbitrario, coarta las libertades públicas y persigue con obsesión enfermiza a quienes considera sus enemigos. En esto, es preciso advertir el hecho de que toda tiranía lleva a la práctica el gobierno de la antipolítica, en una era de inseguridad económica, física y política. Y esta inseguridad engendra miedo. Como lo advirtió Tony Judt hace cierto tiempo, ese miedo –miedo al cambio, a la decadencia y al mundo extraño- corroe la confianza y la interdependencia en que se basan las sociedades civiles.

En la medida en que la fuerza política de los nuevos dictadores se debe paradójicamente a su rechazo de la política, su entrada en escena siempre estuvo asociada con la afirmación recurrente de que ellos no son políticos: los políticos siempre serán los otros (los “escuálidos” para Chávez; la “partidocracia” para Correa; los “blancos” para Morales). De aquí que la reivindicación de la dignidad de la política tendrá siempre como punto de partida una vigilancia ciudadana frente al cinismo e indiferencia de quienes se proponen y desean hacerse con las posiciones de poder, los políticos. De modo tal que en el discurso de los nuevos dictadores la política se convierte en algo prescindible. Si usted no hace política, otro la hará en su lugar, nos recordaba siempre un viejo profesor de la Sorbonne.  En uno de sus trabajos recientes, Daniel Innerarity procedió, con irrenunciable convicción democrática, al estudio crítico de lo que, según él, conformaba la política en tiempos de indignación. Si admitimos el hecho de que la política es un asunto de todos y los nuevos dictadores tienen también una política, esta última no será otra que la política de la indignidad. 

Alfredo Ramos Jiménez

Quito, Mayo de 2020

Entrevista a César Ulloa por Cronistas Latinoamericanos

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