Cien años de soledad, una serie para vibrar

Por César Ulloa-Tapia

Magia, sexo, alquimia, identidad, folclore, olvido, locura, política, paz, guerra… la vida misma, así late la serie de la novela escrita por Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. La puesta en escena de esta joya universal debió convertirse en una pesadilla para el equipo de producción como las que tenía José Arcadio Buendía después de asesinar en duelo a Prudencio Aguilar.

La serie recrea la realidad latinoamericana sin tapujos, sin filtros, sin mojigatería. Nos ubica frente al espejo y revela lo que somos: supersticiosos, generosos, apasionados, vividores, conquistadores, sentimentales, curuchupas y ateos, simultáneamente. En pocas palabras, estamos hechos de realismo mágico puro, combinación de varios elementos al estilo del gitano Melquiades.

El primer Buendía y su esposa, Úrsula, desafían a sus familias con esa fuerza que caracteriza a la juventud. Se emparentan, aman, disfrutan de sus cuerpos y construyen un hogar, pese a estar emparentados. Mandan al olvido el cinturón de castidad de Úrsula y José Arcadio defiende su honra a machete limpio contra Prudencio Aguilar, quien se burlaba de su hombría. El tiempo y el sexo derribaron el mito de que la prole de los Buendía nacería con cola de animales. La muerte de Prudencio, al cierre de una pelea de gallos, se convirtió en alma en pena para la joven pareja, situación que los motivó a dejar el pueblo junto con un grupo de aventureros ir en busca del mar y fundar una nueva sociedad. Prudencio simbólicamente es el peso de la conciencia.     

Entre los atributos de cada capítulo de la serie están el conjunto de actores y actrices. Rompen el papel celofán de Hollywood, pues sus rostros son los colores, los gestos y las figuras del pueblo. No hay falsos estereotipos, ni moldes. Por ello, cada personaje logra conectar, persuadir, identificar en los televidentes la cultura, el lenguaje, las formas del sujeto común que se pretende conquistador de tierras, sueños y océanos. José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán son irreverentes, locos, peleadores, no solo por irse en contra de los tabúes amorosos, sino también porque emprendieron rumbo a la nada y la transforman en Macondo, en ese espacio de vida que puede ser la capital de cualquier país latino, andino y también caribeño. A distancia de la escritura de esta novela, el retrato es el mismo con diferente marco.

El guión es una joya que reproduce e integra los modismos que configuraron la cultura. El lenguaje como acción es un vehículo poderoso para mover voluntades, acercar cuerpos, construir comunidad, avivar pasiones y provocar guerras como en la novela. Las cosas se dicen como son y el tiempo transcurre acompañado de la creatividad y la osadía de un puñado de colonos que levantan una ciudad a imagen y semejanza de sus sueños y recursos. No hay gobierno, pero sí un consenso liderado por el promotor de las locuras, José Arcadio Buendía. La primera obstinación era llegar al mar, pero ganó el río y echar raíces. El agua como vida y el agua también como eje central de Macondo.

Macondo se construye con sudor, gemidos, valentía, fracasos, gritos, coraje. Ahí nacen los primeros niños, la generación que irá levantado las nuevas casas con los materiales de la selva. Con el paso de los años perfeccionan las técnicas de pesca, construcción, caza, cocina, fabricación de utensilios. La juventud se transforma en adultez, pero no apaga sueños, más bien refuerza utopías. La llegada de los gitanos y sus apariciones cada determinado tiempo viene con inventos, curiosidades, magia, alquimia, pero también ciencia. El primero de los Buendía se enloquece con la tecnología de Melquíades, el patriarca de los gitanos, e incorpora en su vida, en la de su familia y en la del pueblo, la razón sobre la creencia. Hay microsaltos a la modernidad en medio de la selva.

La obsesión por lo desconocido por parte de José Arcadio, le distancian de la familia. Disminuyen las horas de amor y sexo con Úrsula y se trasladan al laboratorio, en donde quiere convertir los elementos químicos en oro. Los niños Buendía son jóvenes y el primogénito prueba las mieles de su primera experiencia amatoria con Pilar. A falta de preservativos en un Macondo que tampoco lo resistiría, es padre precoz y ese hecho lo lleva al autoexilio. Es la primera pérdida de la familia Buendía, el primogénito se va y detrás suyo su madre, el primero regresará en años y la segunda, después de meses.

Hay un quiebre en Macondo cuando llega el Estado en la representación de un gobernador. Nadie supo de la existencia del gobierno central hasta que se impuso la autoridad por la fuerza y luego por el fraude electoral de los conservadores. Es el parteaguas de La Violencia, la premonición de la época más dolorosa en Colombia. En primer lugar por la lucha encarnizada entre liberales y conservadores y después, aunque esto no diga García Márquez, por la entrada en escena de la guerrilla, los paramilitares, los narcos y el ejército. Si bien, la serie no se mete en la política en profundidad, sin embargo, el fusilamiento de Aureliano Buendía, hijo del fundador de Macondo, se explica porque sus ideales eran contrarios al conservadurismo de la época.

La religión católica juega un papel preponderante en Cien años de Soledad, pues introduce la fe y los sacramentos como norma de vida, pese a las resistencias de los primeros colonos. A la final, la religiosidad gana la batalla cultural, pero no deja ser motivo de disputa entre los dos partidos políticos. El coronel Buendía, agotado de tanta batalla y sin haber curado el corazón por la muerte de su esposa, reconoce la decepción que tiene de los liberales, ya que los caudillos del partido tranzaron con sus rivales, situación que ocurre hasta ahora y todo el tiempo en nuestra política. Por eso, seguimos siendo Macondo.

La locura es un punto aparte en toda la novela del Gabo e, indudablemente, en la serie, y no solo porque cobra protagonismo en la concepción misma de la vida por parte de los macondianos, sino y sobre todo, cuando José Arcadio Buendía decide irse de este mundo y hacer un paralelismo en su mente por diversos hechos y motivaciones que iniciaron en el asesinato a Prudencio, luego se alimentaron con la amistad y la  muerte de Melquíades y finalmente por su eterna tozudez en la búsqueda de la piedra filosofal en todo. No era cuestión de alquimia, sino de ir más allá en el descubrimiento de las causas que provocaban distintos fenómenos y materiales. El loco Buendía termina sus días amarrado a un árbol, situación que no es muy lejana hasta hace algunas décadas en nuestros países cuando la gente con trastornos en su salud mental eran parias para la sociedad. Con seguridad, José Arcadio era el más cuerdo, aunque solo el cura supo que hablaba latín.

Como en todo pueblo, la taberna es el epicentro del entretenimiento, la juerga, la holgazanería, pero también el espacio para afincar la prostitución, una especie de desahogo de propios y extraños de Macondo. Personaje de otros relatos es la hermosa Cándida Eréndira, jovencilla que se dedicó al oficio más antiguo del mundo por sentencias y amenazas de su abuela. Este drama humano nos abre mucho más los ojos de las millones de jóvenes que transitan la vida, vendiendo sus cuerpos mientras marchitan su belleza, aspiraciones y futuro.

En Cien años de soledad, el papel que juega la mujer es esencial y eso se observa detenidamente en los roles que encarnan de manera distinta Úrsula (la matrona), sus hijas y colonas…  Cada una merece una reseña aparte, pues son el resultado de los amores de los Buendía, muchos de ellos incestuosos… A lo lejos, se escuchan las palabras, gritos, temores, deseos, gemidos, rezos de Amaranta, Remedios, Rebeca, Pilar Ternera….

La serie me persuadió para leer una vez más la obra más conocida del Gabo.

Las imágenes que ilustran esta reseña son escenas de la serie.

Quito, Ecuador, 28 de diciembre de 2024.

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