La tragedia de la inseguridad en Ecuador: hay que cambiar de estrategia o normlaizar
Ecuador se convirtió en uno de los países más inseguros y violentos en la última década (2015-2025). La incidencia del crimen internacional organizado en alianza con las bandas de la delincuencia común lo convirtieron en un estado mafioso. Las investigaciones de la Fiscalía recogidas rigurosamente en los casos Metástasis, Purga y Plaga, entre los más relevantes, revelan la infiltración de las mafias en la política, la justicia y en las instituciones que deberían garantizar la seguridad y el orden. Todo gira alrededor del negocio de la droga.
Las cifras son dolorosas: Ecuador cerró el año 2025 con cerca de 50 muertes violentas por cada 100 mil habitantes. Sin embargo, hay que ir más allá del dato frío, aunque sea revelador y contundente. Este fenómeno que convirtió a una isla de paz en uno de los lugares de menor confianza y mayor temor, requiere una lectura más amplia, que incorpore varias disciplinas en el análisis y que revise críticamente si las recetas empleadas fueron o no efectivas.
En este libro, editado y publicado por la Universidad Hemisferios se aborda la inseguridad y la violencia en Ecuador de una manera más amplia, tratando de tener una visión en conjunto y desde diversos puntos de vista y disciplinas. Para el efecto, se repasa cronológicamente y desde la ciencia política los principales hitos críticos/problemas, luego se introduce una mirada desde la sociología y el cuestionamiento de un Estado que no garantiza el desarrollo y tampoco mejora las condiciones de vida, enseguida se desarrolla la relación entre justicia y seguridad para adelante repensar el papel que juegan la educación, la comunicación y la psicología. No olvidemos que la segunda causa de muerte en jóvenes en Ecuador es el suicidio. Vivimos en una sociedad con patologías.
Fenómenos como la inseguridad y la violencia no pueden ser agotados en el análisis y tampoco con acciones solo securitistas o reformas penales, porque están en juego temas que involucran el desarrollo, el bienestar, la calidad de vida, el sentido de pertenencia de la población. Si las recetas de los últimos tres gobiernos, pese a su buena voluntad y esfuerzos incuestionables de las fuerzas del orden, no han tenido los resultados deseados, habría que reflexionar y actuar de otras maneras.
Magia, sexo, alquimia, identidad, folclore, olvido, locura, política, paz, guerra… la vida misma, así late la serie de la novela escrita por Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. La puesta en escena de esta joya universal debió convertirse en una pesadilla para el equipo de producción como las que tenía José Arcadio Buendía después de asesinar en duelo a Prudencio Aguilar.
La serie recrea la realidad latinoamericana sin tapujos, sin filtros, sin mojigatería. Nos ubica frente al espejo y revela lo que somos: supersticiosos, generosos, apasionados, vividores, conquistadores, sentimentales, curuchupas y ateos, simultáneamente. En pocas palabras, estamos hechos de realismo mágico puro, combinación de varios elementos al estilo del gitano Melquiades.
El primer Buendía y su esposa, Úrsula, desafían a sus familias con esa fuerza que caracteriza a la juventud. Se emparentan, aman, disfrutan de sus cuerpos y construyen un hogar, pese a estar emparentados. Mandan al olvido el cinturón de castidad de Úrsula y José Arcadio defiende su honra a machete limpio contra Prudencio Aguilar, quien se burlaba de su hombría. El tiempo y el sexo derribaron el mito de que la prole de los Buendía nacería con cola de animales. La muerte de Prudencio, al cierre de una pelea de gallos, se convirtió en alma en pena para la joven pareja, situación que los motivó a dejar el pueblo junto con un grupo de aventureros ir en busca del mar y fundar una nueva sociedad. Prudencio simbólicamente es el peso de la conciencia.
Entre los atributos de cada capítulo de la serie están el conjunto de actores y actrices. Rompen el papel celofán de Hollywood, pues sus rostros son los colores, los gestos y las figuras del pueblo. No hay falsos estereotipos, ni moldes. Por ello, cada personaje logra conectar, persuadir, identificar en los televidentes la cultura, el lenguaje, las formas del sujeto común que se pretende conquistador de tierras, sueños y océanos. José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán son irreverentes, locos, peleadores, no solo por irse en contra de los tabúes amorosos, sino también porque emprendieron rumbo a la nada y la transforman en Macondo, en ese espacio de vida que puede ser la capital de cualquier país latino, andino y también caribeño. A distancia de la escritura de esta novela, el retrato es el mismo con diferente marco.
El guión es una joya que reproduce e integra los modismos que configuraron la cultura. El lenguaje como acción es un vehículo poderoso para mover voluntades, acercar cuerpos, construir comunidad, avivar pasiones y provocar guerras como en la novela. Las cosas se dicen como son y el tiempo transcurre acompañado de la creatividad y la osadía de un puñado de colonos que levantan una ciudad a imagen y semejanza de sus sueños y recursos. No hay gobierno, pero sí un consenso liderado por el promotor de las locuras, José Arcadio Buendía. La primera obstinación era llegar al mar, pero ganó el río y echar raíces. El agua como vida y el agua también como eje central de Macondo.
Macondo se construye con sudor, gemidos, valentía, fracasos, gritos, coraje. Ahí nacen los primeros niños, la generación que irá levantado las nuevas casas con los materiales de la selva. Con el paso de los años perfeccionan las técnicas de pesca, construcción, caza, cocina, fabricación de utensilios. La juventud se transforma en adultez, pero no apaga sueños, más bien refuerza utopías. La llegada de los gitanos y sus apariciones cada determinado tiempo viene con inventos, curiosidades, magia, alquimia, pero también ciencia. El primero de los Buendía se enloquece con la tecnología de Melquíades, el patriarca de los gitanos, e incorpora en su vida, en la de su familia y en la del pueblo, la razón sobre la creencia. Hay microsaltos a la modernidad en medio de la selva.
La obsesión por lo desconocido por parte de José Arcadio, le distancian de la familia. Disminuyen las horas de amor y sexo con Úrsula y se trasladan al laboratorio, en donde quiere convertir los elementos químicos en oro. Los niños Buendía son jóvenes y el primogénito prueba las mieles de su primera experiencia amatoria con Pilar. A falta de preservativos en un Macondo que tampoco lo resistiría, es padre precoz y ese hecho lo lleva al autoexilio. Es la primera pérdida de la familia Buendía, el primogénito se va y detrás suyo su madre, el primero regresará en años y la segunda, después de meses.
Hay un quiebre en Macondo cuando llega el Estado en la representación de un gobernador. Nadie supo de la existencia del gobierno central hasta que se impuso la autoridad por la fuerza y luego por el fraude electoral de los conservadores. Es el parteaguas de La Violencia, la premonición de la época más dolorosa en Colombia. En primer lugar por la lucha encarnizada entre liberales y conservadores y después, aunque esto no diga García Márquez, por la entrada en escena de la guerrilla, los paramilitares, los narcos y el ejército. Si bien, la serie no se mete en la política en profundidad, sin embargo, el fusilamiento de Aureliano Buendía, hijo del fundador de Macondo, se explica porque sus ideales eran contrarios al conservadurismo de la época.
La religión católica juega un papel preponderante en Cien años de Soledad, pues introduce la fe y los sacramentos como norma de vida, pese a las resistencias de los primeros colonos. A la final, la religiosidad gana la batalla cultural, pero no deja ser motivo de disputa entre los dos partidos políticos. El coronel Buendía, agotado de tanta batalla y sin haber curado el corazón por la muerte de su esposa, reconoce la decepción que tiene de los liberales, ya que los caudillos del partido tranzaron con sus rivales, situación que ocurre hasta ahora y todo el tiempo en nuestra política. Por eso, seguimos siendo Macondo.
La locura es un punto aparte en toda la novela del Gabo e, indudablemente, en la serie, y no solo porque cobra protagonismo en la concepción misma de la vida por parte de los macondianos, sino y sobre todo, cuando José Arcadio Buendía decide irse de este mundo y hacer un paralelismo en su mente por diversos hechos y motivaciones que iniciaron en el asesinato a Prudencio, luego se alimentaron con la amistad y la muerte de Melquíades y finalmente por su eterna tozudez en la búsqueda de la piedra filosofal en todo. No era cuestión de alquimia, sino de ir más allá en el descubrimiento de las causas que provocaban distintos fenómenos y materiales. El loco Buendía termina sus días amarrado a un árbol, situación que no es muy lejana hasta hace algunas décadas en nuestros países cuando la gente con trastornos en su salud mental eran parias para la sociedad. Con seguridad, José Arcadio era el más cuerdo, aunque solo el cura supo que hablaba latín.
Como en todo pueblo, la taberna es el epicentro del entretenimiento, la juerga, la holgazanería, pero también el espacio para afincar la prostitución, una especie de desahogo de propios y extraños de Macondo. Personaje de otros relatos es la hermosa Cándida Eréndira, jovencilla que se dedicó al oficio más antiguo del mundo por sentencias y amenazas de su abuela. Este drama humano nos abre mucho más los ojos de las millones de jóvenes que transitan la vida, vendiendo sus cuerpos mientras marchitan su belleza, aspiraciones y futuro.
En Cien años de soledad, el papel que juega la mujer es esencial y eso se observa detenidamente en los roles que encarnan de manera distinta Úrsula (la matrona), sus hijas y colonas… Cada una merece una reseña aparte, pues son el resultado de los amores de los Buendía, muchos de ellos incestuosos… A lo lejos, se escuchan las palabras, gritos, temores, deseos, gemidos, rezos de Amaranta, Remedios, Rebeca, Pilar Ternera….
La serie me persuadió para leer una vez más la obra más conocida del Gabo.
Las imágenes que ilustran esta reseña son escenas de la serie.
¿Cuál es la principal característica del narcoestado? El crimen organizado tiene el poder y el control del Estado. Eso significa que la economía, la política y la vida social están condicionadas por los intereses ilegales y las dinámicas delictivas de las mafias, que se dedican a diversas actividades en procura de reproducir exitosamente su estatus: narcotráfico, tráfico de armas y órganos, lavado de activos, financiamiento a grupos irregulares, entre las más importantes. Para el efecto, operan con el cometimiento de varios delitos: testaferrismo, sicariato, secuestro, contrabando, extorsión por enumerar los más reiterativos.
El narcoestado se produce y consolida cuando un Estado es fallido, es decir, las instituciones no pueden garantizar el principal derecho de las personas, es decir, la vida. La fuerza pública está cooptada, comprada o disminuida por el poder de las bandas criminales y eso va en sintonía con una justicia que responde a los intereses de las mafias, quienes realmente controlan los juzgados y las cortes, además de las cárceles. No quiere decir que un narcoestado se expresa, únicamente, con mucha bulla, pues también el silencio en una sociedad nos podría estar diciendo que hay acuerdos entre el crimen organizado y las principales autoridades para dejar ver y dejar pasar.
Una sociedad en descomposición acelerada de valores y fragmentada por la defensa egoísta de aspiraciones también es un caldo de cultivo para la configuración de un narcoestado, pues si la honestidad y la decencia son suplantadas por el robo y la indiferencia, entonces las señales de alarma están encendidas. La pérdida de una visión colectiva y colaborativa a cambio de un individualismo exacerbado nos llevan al “sálvese quien pueda”, factor que nutre a las mafias porque encuentran a la sociedad en indefensión y personas cuidando su metro cuadrado.
Si esto se hubiese resuelto con más policías y militares con plena seguridad Colombia y México estarían en otro momento de la historia, pero las cosas siguen igual y en algunos casos, peor. El narcoestado es una consecuencia, entonces, algo viene ocurriendo en las sociedades donde penetra.
Publicado en diario La Hora (Ecuador), 12 de junio de 2022.
¿Cuánto nos cuesta salir de la zona de confort, pese a que esta misma zona profundiza con acelerada velocidad y sin escrúpulos la crisis en sus diversas facetas: económica, política y social? ¿Será, acaso, que nos acostumbramos a vivir en el caos político con todas sus consecuencias? ¿Por qué los partidos y movimientos tienen tanta dificultad para reinventar su accionar y se revalidan desde los mismos y viejos vicios: clientelismo, caudillismo, populismo y se orgullecen, además, de su ignorancia en temas esenciales a cambio de una retórica barata?
Son las mismas preguntas de toda la vida o por lo menos desde que tengo memoria política. En otras palabras, cambian de vez en cuando los actores, pero las prácticas políticas siguen siendo las mismas, incluso algunas perfeccionadas para deteriorar aún más el sistema político. Por eso, se va perdiendo hasta la fe. En consecuencia, si la realidad política se repite, entonces, hay maneras institucionalizadas de subsistencia y conveniencia por parte de algunos actores y sectores. Desde este punto de vista, el caos es una forma de vida y lamentablemente es el escenario para quien gobierne en cualquier periodo.
Frente a este dilema hay dos vías: desatar el nudo o cortarlo de una vez y por todas. Ya no cabe el primer caso, pues giraríamos alrededor del mismo problema, mientras que la segunda alternativa es inevitable o corremos el riesgo de heredar a las siguientes generaciones una situación mucho peor. Es necesario un acuerdo nacional para contar con una política de verdaderos partidos, hacer de la seguridad social un elemento de estabilidad, combatir la desnutrición crónica infantil, evitar que nuestras niñas y jóvenes posterguen y maten sus sueños por embarazos precoces y generados por violencia, apoyar una educación universal y de calidad por lo menos para el bachillerato, regresar a mirar el agro y la convivencia pacífica.
Estos son los acuerdos que queremos: dignidad, acceso a educación, salud, trabajo digno. ¿Qué están haciendo los políticos para lograrlo? ¿Y qué estamos haciendo nosotros para exigirles?
Parece que la política perdió el partido ante la ciudadanía y no porque sean rivales, precisamente, sino porque la sociedad pone en su lista de necesidades vitales otras cosas: empleo, seguridad, educación, salud y, sobre todo, dignidad. Lo que sucede en la Asamblea, el Ejecutivo, los partidos y las demás funciones del Estado entretienen y abruman, a la vez y contradictoriamente, pero ya no quitan el sueño, porque la política es una pesadilla cuasi permanente que nos mantiene despiertos. Hay tanta bulla, escándalo y grosería que, poco a poco, vamos perdiendo el asombro.
Desde siempre nuestra democracia ha atravesado severos daños de forma y fondo, pero se la invoca como Aladino a la lámpara mágica. Esto no quiere decir que podemos vivir por fuera de la política, pero si es un llamado de atención a quienes la ejercen en sus distintas maneras para que asuman una actitud de transformación severa, intensa, sin tregua. No hablo de rescatar la política, porque las prácticas son más exacerbadas. ¡Qué necesario es un giro ético de la política! El primer paso es involucrándonos más en el debate público, aunque apeste y su olor nos repela, pero si no lo hacemos, los mismos de siempre seguirán abonando la desgracia.
Hay diversas maneras de orientar la política de otra manera y no, únicamente, siendo candidato, militante, financista, directivo de un partido. En primer lugar, activando mecanismos de ciudadanía informada para que nadie nos venda gato por liebre. En segundo lugar, conversar de política, aunque nos deprima, pues si no lo hacemos, dejamos que esta se monopolice en pocos y no, precisamente, en los mejores. En tercer lugar, trabajar en ciudadanía, es decir, no solo exigir derechos, sino y sobre todo, asumir nuestros deberes con el país. Empecemos.
Ecuador necesita un gran acuerdo de dignidad y autoestima. No podemos seguir reiterando la misma historia y quejarnos como siempre. Superemos la telenovela. Destapar la cañería implica aguantar el hedor, sacar lo putrefacto, limpiar y conservar. Aunque la política, por ahora, apeste, por algo debemos iniciar y desde el lugar que cada cual ocupa.
@cesarulloa_77
Publicado en diario La Hora, 14 de noviembre de 2021.
Cuando hablamos insistentemente de que el diálogo es la llave para destrabar el conflicto, nos referimos a un conjunto de elementos que lo hacen posible. En primer lugar, resulta inevitable crear las condiciones adecuadas y también necesarias para que las personas construyan un entorno de confianza entre sí, es decir, que aquello que hacen y dicen es valorado y apreciado por el otro. Este paso es el más complejo, porque sin confianza no se avanza en ninguna situación y relación que pretenda ser sostenible en el tiempo. ¿Qué se necesita? Actuar con honestidad, respeto y voluntad.
En este proceso, la mesura es un intangible que actúa con gran protagonismo en todo diálogo. La confianza entre las personas que están en controversia se edifica de manera silenciosa y no necesita de un ventilador para amplificar lo que sucede mientras se conocen, conversan, interactúan, confrontan y también acuerdan. La confianza es igual al cuidado que requiere un niño que recién nace o al ejercicio de cuidar una planta cada día. Por eso, la confianza se puede quebrantar muy fácil. Eso explica, porque los procesos de diálogo que se han sostenido en varios países tienen un seguimiento permanente.
En segundo lugar, un proceso de diálogo exige un tratamiento organizado, técnico y cálido de los problemas. Entonces, se trata de encausar los criterios de las personas hacia la consecución de un propósito común: apartar la paja y motivar soluciones en distintas escalas, intensidades y con compromisos definidos. La puesta en marcha de una solución debería ser compartida para que todos la sientan y vivan como suya, aun entre diferentes y distintos. La lógica de la solución común está por encima de la ganancia individualizada y parcializada.
Un tercer lugar, es la deliberación equilibrada por fuera de monólogos y baños innecesarios de ego. De ahí que un proceso de diálogo requiera una metodología que defina los alcances y los límites del rol de los actores sin menoscabar, condicionar o desconocer su identidad. ¿Qué necesita Ecuador para dialogar y concretar acuerdos? Voluntad.
Lasso asume un país deshecho, pero valiente. Hay enormes e históricas desigualdades socioeconómicas entre las personas, en una tierra bendecida con inmensos recursos.
Tenemos una patria vacía en ejemplos políticos, pero llena de ciudadanos y ciudadanas con honestidad y coraje. El Presidente nos invita al reencuentro en una tierra de desacuerdos y repartos. Este diagnóstico hay que superar y voltear la página. ¿Cómo? Gobernar con el ejemplo. Escuchar mucho al pueblo y desestimar a quienes han transado en todos los gobiernos. Administrar los recursos públicos con sensatez y también con sensibilidad. Lasso ha gastado suela 12 años para llegar a Carondelet y esa experiencia debe salir a flote.
La vacunación es prioridad, pero no es menor restaurar la confianza y estabilizar los ánimos. El nuevo mandatario debe crear las condiciones para superar las múltiples crisis y dotar de sentido a la política que tan venida a menos está. Su votación fue una señal clara de cambio y eso le exige coherencia con el contexto y las demandas de 17 millones de ecuatorianos. No hay paz sin pan había dicho Raúl Alfonsín en la transición a la democracia en Argentina. Eso significa que el mayor reto es dignificar la vida de millones de personas que viven con menos de dos dólares al día, pero no desde el populismo sino desde una reactivación económica solidaria.
La inseguridad es otro de los principales problemas que exige respuestas coherentes y que se sostengan en el tiempo. Este fenómeno viene con hechos que antes eran inusuales y de telenovela, pero ahora son una realidad: el microtráfico de droga, el sicariato, el control de los centros de privación de libertad, las redes de chulco y la extorsión, las pandillas, la trata y todas sus manifestaciones conexas. No es un aspecto sencillo y, por tanto, requiere de los mejores expertos, no de recitadores de textos o noveleros que se autodenominan especialistas.
No olvide, Presidente, que necesita operadores políticos, no repartidores de hospitales. Con ética, sensibilidad y mesura, usted puede arrancar con respaldo para enfrentar la situación.
Publicado en diario La Hora (Ecuador), 23 de mayo de 2021
Se escucha retumbar por todas partes en el Ecuador la palabra fraude, porque disminuye aceleradamente la confianza en el sistema rector que administra las elecciones. Es un verdadero dolor de cabeza cuando las personas votan sin esperanza de que se respeten los resultados y se haga de la victoria quien no gane la contienda de manera transparente. No hay peor germen para la democracia que el descrédito de sus instituciones. Y pese a que las elecciones son apenas un elemento del sistema político, sin embargo, en estas recaen la representación política, la equitativa competencia entre los partidos, las reglas del juego que permiten renovar periódicamente a las autoridades. La administración de cualquier proceso electoral debe estar blindado ante suspicacias, sospechas, dimes y diretes.
La conformación del máximo organismo electoral debe caracterizarse por personas con conocimiento técnico en el sistema político, credenciales éticas incuestionables y que respondan al país. Si todos los integrantes de un consejo tuvieran esas características, no habría tanto pleito de por medio y no pusieran en zozobra a toda la ciudadanía. Por eso es tan importante que los mecanismos para elegir a los consejeros, vocales o rectores del sistema electoral sean transparentes, pero sobre todo de altas exigencias para quienes lo pretenden integrar. Y si por último, un sistema electoral es el resultado de una composición de representantes de los partidos, estos deben ser los mejores.
Cuando se producen elecciones en democracias estables y de calidad, ningún resultado estrecho pone en riesgo la paz social. Un candidato puede ganar por un voto y el resultado se respeta. Uruguay es un ejemplo. La vida sigue normal y en marcha. Al contrario, en países en los cuales las instituciones no funcionan, porque están viciadas de corrupción y negligencia, todo se puede esperar, al punto de que lo irregular se naturaliza y la honestidad es castigada. Hay que instalar una gran cerca contra la sospecha, sin dejar de exigir la conformación de un organismo electoral que nos brinde garantías.