Domingo, 26 de junio de 2026
Se me pone la piel de gallina cuando los estadios en los Estados Unidos se pintan de ecuatorianidad. Salta la selección de fútbol a la cancha y las banderas en los graderíos destilan el amarillo, el azul y el rojo. Decenas de miles de compatriotas corean a kilómetros de distancia el himno nacional. Las cámaras de televisión y las transmisiones en vivo de los celulares capturan lágrimas contenidas, sonrisas rezagadas, esperanzas acumuladas. No importa el resultado de los dos primeros partidos, porque el apoyo de los migrantes sigue intacto como si lo único que nos quedase es la Tri.
En las últimas dos décadas, el pegamento que explica el sentido de identidad ha sido el fútbol, ese espacio que no condiciona nada, porque solo ahí estamos juntos, pese a las diferencias y las distancias. Es un pegamento compuesto de alegrías y tristezas, tejido de esperanzas ante las dificultades y sinsabores de la política, el mundo del trabajo y los escasos destellos de bienestar colectivo. En los estadios se corea a Julio Jaramillo con orgullo, fuerza y pese a las letras nostálgicas, se lee como una muestra de aliento.
En las calles de las grandes ciudades en donde jugó la Tri, a viva voz y con baile incluido, la gente cantaba la canción interpretada por Gerardo Morán: “en vida, que me quisieras en mi vida…, ya muerto, ya para qué”. Miles de migrantes abrieron sus corazones y ya sin aliento después del griterío de una semana recargaron baterías, porque, probablemente, no habían sentido la patria tan cerca, ese pedazo del Ecuador que no distingue color de piel, credo, ideología, estatus económico. En el estadio todos alientan, porque ahí no hay partidos políticos, fronteras urbano y rurales, brechas ni espejismos.
Los migrantes, aquellos que envían cinco mil millones de dólares al año al país como remesas, siguen haciendo patria todos los días, pese a la distancia. Un inmenso gracias por todas las muestras de apoyo a nuestros jugadores de origen humilde, porque nunca pudieron haber entrenado y ser tratados como si estuviesen en Ecuador. Más allá del alcance y los resultados de esta participación mundialista, las lecciones que nos dejan los ecuatorianos en los EE.UU. son muchas.

