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Estamos distraídos

El descontento social corre el riesgo de caer en la distracción. Y el llamado al diálogo por parte del oficialismo parece que pretende eso: generar distracción frente al desgaste progresivo y acelerado de la credibilidad y aceptación del Gobierno. Sin embargo, evitar la distracción supone identificar con claridad los juegos de palabras y las contradicciones retóricas de la revolución que son amplificadas en los medios públicos e incautados y en las cadenas. Antes decían que el consenso y el diálogo es “política light” y que la confrontación es una característica insustituible de los tiempos de la Segunda Independencia del Buen Vivir, entonces, ¿a qué se debe este giro discursivo y de gestión? ¿O se darían cuenta que el insulto, la descalificación y el uso grosero de la propaganda es un contrasentido de cualquier democracia?

También nos decían que eran imbatibles en las urnas, siguiendo el libreto de la democracia plebiscitaria. Entonces, no entendemos por qué ahora no dan paso a una consulta popular que sí tiene trascendencia. Más del 80% de la población quiere responder en las urnas si está o no de acuerdo con la reelección indefinida para todos los cargos de elección popular. ¿O acaso los resultados anticipados de las encuestas les ha puesto a temblar y prefieren tramitar todo por el Congreso (Asamblea)? Por otra parte, si este Gobierno es tan democrático como se jacta, ¿por qué no da paso a la consulta y es más coherente consigo mismo, y deja de armar el circo como cuando preguntó sobre toros, casinos y gallos?

La distracción puede confundirse con el conjunto de consignas diversas de una oposición fragmentada y de los ciudadanos inconformes en todo el país. Son tantas las demandas de cambio que exige la población, que al no ser debidamente expresadas y canalizadas orgánicamente, el Gobierno puede fragmentar la iniciativa de protesta, tomando tiempo para recomponer lo poco de credibilidad que tiene. No podemos olvidar que una de las características de las marchas previa venida del Papa fue la emergencia de múltiples “representantes coyunturales del pueblo” en las distintas ciudades del Ecuador, pero especialmente en las de mayor concentración demográfica (electoral). Esta situación no debe extrañarnos, porque estamos en la antesala de un año electoral.

Otro aspecto que nos provoca la distracción es el juego que se configura en las redes sociales, en donde adeptos al oficialismo, opositores y ciudadanos que buscan una tercera alternativa se dejan llevar por el chisme, la minucia y el cuento, cuando lo grueso de la discusión está en otras cosas como, la pobre fiscalización de la Asamblea, la estrategia del monopolio de la verdad, la reelección indefinida, el modelo económico rentista del cual no hemos podido salir, la casi inexistente inversión extranjera directa, la creación y funcionamiento de instituciones públicas que buscan la felicidad y el yoga, el futuro de miles de universitarios que se gradúan y no encuentran empleo, el sentido de respeto por el otro, el descubrimiento que hicieron en combatir la corrupción después de ocho años, el manejo de las relaciones internacionales y las libertades, los préstamos a la China, entre otros. Por cierto, no faltarán quienes digan que las carreteras, los puentes, las hidroeléctricas, los hospitales, las escuelas del milenio justifican todo. En este aspecto habría que debatir si la infraestructura y ciertos avances en lo social hacen sostenible el futuro de miles de ecuatorianos que necesitan trabajar y mejorar la calidad de la democracia.

Pese al riesgo de la distracción, sin embargo un buen porcentaje de la población no ha perdido de vista ciertas inconsistencias entre el discurso oficialista y la práctica cotidiana de ciertos funcionarios que utilizan la figura austera de Mujica, pero les encanta el arribismo, estar rodeados de guardaespaldas, montar autos lujosos y ganar en estatus “social” con mansiones gracias a los préstamos hipotecarios. Entonces, se cae el discurso de la sencillez, de la coherencia y, sobre todo, de la idea de igualdad política. Parece que estos funcionarios no tienen ni la más mínima idea del sistema político uruguayo, sería bueno que se instruyan.

En este escenario, se ponen a prueba y en duda varias cosas como la aceptación y credibilidad del líder. Cómo se explica que dos leyes que no afectan ni al 5% de la población pongan en riesgo su capital político, será acaso que la sociedad ecuatoriana está tranquila mientras no es evidente una crisis económica y deja pasar todo. También valdría la pena preguntarse si las marchas y el paro nacional lograrán recomponer a los movimientos sociales y a los gremios o, acaso, la coyuntura sopla a su favor… en fin, que los chismes, los cuentos y las minucias no nos distraigan de la realidad.

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Después de las marchas, qué

Pareciera que la visita del Papa es un tiempo para recobrar fuerzas para la oposición y el Gobierno, antes que de reflexión y descanso. No hay condiciones para el diálogo, debido al clima de confrontación de las partes, pero especialmente del Ejecutivo quien desconoce el descontento popular, no solo de las clases medias y pudientes como afirma la propaganda oficial. Solo necesitamos ver cómo ha caído progresivamente el líder en todas las encuestas en temas de credibilidad y aceptación. En estos días la incertidumbre está más presente que nunca, como si la cuerda se fuera a romper por el lado más flojo, es decir en la parte de quienes no están a la altura del momento histórico. Sin embargo, hay que poner acento en algunos aspectos.

El grito “fuera Correa fuera” expresa el hartazgo acumulado de un segmento de la población, que no quiere ni apoya un golpe de Estado, pero sí pide rectificaciones al agresivo, descalificador y perseguidor discurso de PAIS. Por tanto, la propuesta de las leyes de Herencias y Plusvalía fue el detonante. Por otra parte, el grito “fuera Correa fuera” tiene múltiples significados y demandas: contra la propuesta de reelección indefinida de quienes rehúyen de la fiscalización y temen perder el empleo después de la revolución, contra el monopolio de la verdad, contra las enmiendas, contra el arribismo de los compradores de mansiones con los préstamos del BIESS, contra la ficción de buscar enemigos en todas partes, contra la absurda idea de Golpe de Estado mientras el Presidente cantaba y los “panas-ministros” hacían coro ante la inminente caída… por favor…

No obstante, en este contexto el Gobierno sigue conservando una amplia base de apoyo, pero de lejos mucho menor que en los mejores momentos de la revolución ciudadana, debido a las constantes y evidentes contradicciones entre el discurso y la práctica. Basta recordar la promesa de no explotar el Yasuní, los 300 años que iba a durar la constitución sin meterle la mano, la idea de respetar la alternabilidad en el poder como está escrito en el plan originario de PAIS del 2006, el fomento a la participación libre, no regulada ni controlada y, peormente, castigada o judicializada, la idea de austeridad versus los nuevos ricos. Todas estas promesas son lejanas y parece que nunca fueron de la revolución.

Tampoco se puede desconocer que si bien la oposición ha ganado espacio, sin embargo no es un todo orgánico. Hay figuras que volvieron a despuntar y otras que desde años quieren capitalizar el anticorreísmo sin ningún resultado. Todavía no hay partido, movimiento o figura que capitalice el descontento ciudadano. Tampoco hay un sucesor del oficialismo, lo que obliga a Correa a seguir en el empeño de ser el gran elegido ante la fragmentada oposición y la cada vez menos nutrida militancia. Este escenario se complejiza más por dos razones. La primera, la gente protesta contra uno, pero también busca un representante que no aparece todavía.

Ahora bien, esta fragmentación de los opositores que se evidencia en la propuesta de distintas marchas de Quito y Guayaquil, además que algunas de las marchas no se juntan entre sí, le permite al Gobierno maniobrar, pero ya no con las mismas ventajas de antes, pues a pesar de tener todos los poderes ya no goza de ninguna garantía, porque las movilizaciones son más contundentes y, por otra parte, la estrategia de dividir a los sectores ya no le sirve, porque a la larga esta estrategia estalla y, en algún momento, todos estos sectores divididos se juntan ante el mismo descontento.

 

 

 

 

 

Discurso de la revolución

30 de junio de 2015

La idea de refundación de la patria es una característica de los gobiernos autodenominados bolivarianos de Ecuador, Bolivia y Venezuela. Esta estrategia desconoce el pasado, no solo por las crisis políticas y económicas anteriores a sus líderes, sino que también lo descalifica y niega, como si la patria naciese con Correa, Chávez y Morales. Sin embargo, la refundación no solo supone crear un universo simbólico con consignas, eslóganes, canciones protesta y propaganda, pues además se trata de resignificar lo heroico, épico y transgresor del pasado, de ahí la entrada en escena de Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Eloy Alfaro, Manuela Sáenz, Ché Guevara cuando también se incluyen todas aquellas figuras que puedan ser antisistema, aun cuando no sean necesariamente de izquierda. Por eso, no es de extrañarse que en los discursos de estos líderes se incluyan de vez en cuando hasta a expresidentes de los Estados Unidos.

En esta idea de refundación ecuatoriana se observa también un manejo semántico que trata de dar la vuelta a palabras como dictadura y sumisión, como si no estuviera claro para toda la gente y, sobre todo, para quienes sí saben que es dictadura y sumisión que a estos términos no se les puede dar una connotación positiva. Dictadura es dictadura y sumisión es sumisión. Ahí no hay nada que discutir. Por tanto, es un contrasentido comparar la revolución ecuatoriana (entre comillas) con la dictadura del amor o la dictadura del proletariado. También es otro contrasentido que los seguidores y funcionarios del Gobierno se llamen a sí mismos sumisos frente a cualquier decisión de su líder, generando una democracia delegativa.

En esta misma línea estratégica se trata de imponer una idea nueva de democracia, como si la democracia hubiera nacido con estos gobiernos, desconociendo un periodo importante de la historia del Ecuador como fue la transición entre 1978 y 1979, aun cuando estemos en desacuerdo en los cómos. No obstante, esta idea de democracia de la revolución se contradice, porque cree que la participación ciudadana debe ser regulada, controlada y castigada.

No se puede perder de vista que la idea de refundación de los gobiernos bolivarianos coincide con el auge de las tecnologías de la información y la comunicación, el mercadeo político, las encuestas y la asesoría de imagen, en donde todo se reduce al vídeomundo bajo el criterio de polarización entre buenos y malos, no obstante la propaganda y el bombardeo mediático no pueden suplir la realidad. La estrategia refundacional queda corta ante momentos en donde el descontento popular se expresa en marchas y protesta social.

El discurso que polariza a la población en buenos y malos en época de revolución no es nuevo, pues los populismo clásicos lo explotaron entre los 30 y los 60 en Argentina, Brasil y Ecuador. En este sentido, se reactualiza la idea del eterno retorno del líder que viene a castigar a quienes están en contra del proyecto.

 

 

 

 

 

 

 

 

Polarización política

Es un derecho que cualquier ciudadano manifieste abiertamente su preferencia política, por tanto no es un privilegio ni tampoco es algo que los ciudadanos hayamos ganado de la nada. El derecho a escoger políticamente algo o alguien es el resultado de varias luchas históricas en las que pueblos enteros se jugaron la vida por la libertad. Por ello, va en contra de ese derecho cualquier tipo de descalificación y, peor aún, denigración hacia las voces que no están a favor del Gobierno. Por tanto, es un contrasentido hablar de revolución cuando se legitima solo una sola voz, una versión de las cosas, una propuesta político-económica. Y aún es más contrasentido, viviendo en un país reconocido como pluricultural, multiétnico y también plurinacional.

También es un derecho salir a las calles a protestar y también es un derecho en nuestro país acogerse a la resistencia, pero va en contra de ese derecho, la provocación; es decir las contramarchas, situación que es inimaginable en países que han consolidado la democracia como Uruguay y Costa Rica, para citar casos latinoamericanos. O también Colombia, Perú, Chile, Argentina o Brasil. Por cierto, salir a protestar no justifica ningún intento de golpe de Estado o desestabilización, pues eso va en contra de la democracia, pero sí es saludable que el pueblo le haga conocer a sus representantes qué piensan y como evalúan sus políticas.

Dentro de este escenario de polarización juegan varios actores: los burócratas que están en desacuerdo pero tienen que callar sus opiniones para resguardar su empleo (contrato de servicios ocasionales), los militantes que ocupan alguna función pública y están convencidos del proceso, los que algún día fueron militantes del Gobierno y ahora son sus mayores detractores, los que no tienen adscripción alguna ni a favor ni en contra pero piden rectificaciones, los medios públicos (gobiernistas), los medios privados, los abiertamente opositores, las cámaras de empresarios y los diferentes movimientos sociales. No podemos perder de vista los autodenominados intelectuales conversos al correísmo y que también ocupan cargos públicos y los críticos que siempre han guardado una postura reflexiva y para nada complaciente, pero que ahora son atacados como si fuesen anticorreístas. Pero eso es la democracia si no lo sabía el Gobierno, pues la convivencia de diversas posturas es una característica de cualquier democracia, pues a diferencia de otro tipo de régimen, en democracia se gobierna de la misma manera para las mayorías y las minorías en materia de derechos y garantías, además estas tienen los mismos deberes.

Finalmente, una sola decisión errada puede restar toda la aceptación y credibilidad a cualquier Gobierno, pero también una política puede ser el empujón para que estalle un descontento contenido desde hace algún tiempo. Por eso, supongo que la Ley de las Herencias desató un descontento acumulado hacia una forma de gobernar que toca las teclas de la sensibilidad de varios sectores de la población y que no, necesariamente, están vinculados con la derecha o ese cuento de la restauración conservadora. Sin duda, la estrategia de la polarización, de poner a la población en el lado de los buenos y malos, es peligrosa, más aún cuando el país ha sido históricamente fraterno. El Gobierno ha hecho cosas grandes, pero más grande sería construir puentes de diálogo.

El canto de las sirenas

No me referiré a la imagen que tenemos de las diosas del mar, sino al artefacto que tienen los carros que utilizan los funcionarios del Gobierno de primero, segundo, tercero y hasta cuarto niveles cuando se abren paso por las calles del país, invadiendo el carril de los corredores exclusivos para el trolebús, ecovía y la metrovía como en Quito y aceleran indiscriminadamente, además que no respetan el semáforo, como si los espacios públicos fuesen de los estos transitorios personajes de la burocracia.

Sin embargo, no solo causa molestia el irrespeto de los “súperpoderosos pero transitorios personajes de la burocracia», sino que esta parafernalia -solo imaginable de un país sin desarrollo- se contradice con el discurso de austeridad del Gobierno. Resulta risible que los funcionarios crean que a la gente le interesa conocerlos o peor aún acercarse a ellos; al contrario, el blindaje causa resistencia y posiblemente pena, pues el valor del trabajo no se evalúa en carros lujosos, número de guardaespaldas y violación de las señales de tránsito.

¿Cuánto podría ahorrar el Gobierno, si sus funcionarios dejarían el estatus de los carros con sirenas, los guardaespaldas y los asistentes? Parece que desde la lógica del escalonamiento social, el burócrata quiere sentirse en los cielos cuando se pasea por las calles en los carros cuatro por cuatro, cuando el asistente le carga la maleta, cuando el chofer le abra la puerta y cuando la gente mira con repudio este tipo de prácticas.

No hace mucho este Gobierno le condecoró a José Mujica y sin embargo acá se hace todo lo contrario. La austeridad resulta vaciarse en el discurso, no es una realidad. Es como todos aquellos que tratan de depurar sus sentimientos escuchando a Sabina o una buena dosis de música protesta, pero en sus fueros internos les encanta la ampulosidad, pisar en los cielos y solo hablar de sencillez en las concentraciones multitudinarias. En fin, a estos funcionarios les quedaría bien un viaje a Uruguay para ver cómo gobierna la izquierda, sin tanta parafernalia y arribismo. Sin duda, a esta autodenominada izquierda le hace falta sencillez, madurez y coherencia.

La corrupción en tiempos de revolución

El combate contra la corrupción en cualquier Estado es permanente, no fija periodos especiales ni tiene fechas límite. No tiene contemplaciones ni favoritismos. La lucha contra la corrupción no es una moda y, peor aún, únicamente la propuesta política de cualquier sector, partido o movimiento. Es el deber ser de toda la sociedad que tiene como finalidad el bien común. Por eso, nos extraña que después de ocho años de Gobierno, se trate de impulsar la lucha contra la corrupción sobre la base de una denuncia a una partidaria, sin perder de vista que el proceso no llega todavía a sentenciarse.
La corrupción no reconoce segmentos, autoridades o grupos, simplemente se instala cuando la sociedad es permeable a prácticas que maximizan los beneficios de unos pocos, bajo cualquier método en detrimento de los muchos. La corrupción es una sola y comienza en esas prácticas de la viveza criolla en donde el atajo es el mejor camino para obtener réditos, en las aulas cuando los alumnos copian los exámenes, en las tesis cuando se demuestra plagio, en el uso discrecional del dinero público, en la falta de rendición de cuentas. Acerca de las causas se ha dicho innumerables cosas y causas que van desde la instalación de un tipo de cultura hasta el abuso del poder.
Sin embargo, una de las posibles causas que puede auspiciar la corrupción es la concentración de poderes, ya que impide el examen riguroso, permanente y sin compromisos acerca del uso de los fondos públicos, el tráfico de influencias, el abuso de poder, el soborno, el chantaje. Una justicia que no es independiente en cualquier país, es un cáncer para la sociedad porque no administra la ley en función del todo, sino de las partes que están en el manejo del poder. Asimismo, una legislatura que no fiscaliza, simplemente le hace el juego al poder de turno. Por ello, el equilibrio de poderes cierra el paso a la corrupción, pero no es la única vía, ya que si esta forma de ser está adherida a la sociedad, debemos iniciar por recuperar los valores de la honestidad, la transparencia y el respeto. Por lo dicho, debemos hacerle frente a la corrupción.

Sumisión y dictadura

A propósito del lenguaje que utiliza la revolución ciudadana y su apropiación simbólica de todo lo que puede ser capitalizado políticamente, se ha llegado a evidenciar como tergiversan los significados de la izquierda y los derechos humanos. Ahora resulta que la “sumisión” y la “dictadura” son favorables para la democracia. Lo primero que debemos decir es que no se trata solo de hablar de democracia, sino también ser demócratas y eso es incompatible con la “sumisión” y la “democracia”. Por cierto, para quienes piensan que la crítica es expresión de sufrimiento, tenemos que manifestarles que si la ciudadanía se cruza de brazos y empieza a aceptar cualquier cosa que dicen, entonces la realidad termina estando patas arriba.

En este mismo contexto, parecería que la idea de fidelidad al proyecto por parte de la militancia de PAIS no reconoce la importancia del lenguaje y el poder de las palabras, asimismo parecería que la propaganda y los trucos de las palabras en coyunturas, sobre todo, críticas subestiman la inteligencia de los ecuatorianos como si no supiéramos diferenciar entre cosas tan claras como la sumisión y la autonomía de acción y pensamiento que tienen las personas. En esta misma coyuntura, parecería que hay una aguda falta de olfato político del Gobierno, pues la reivindicación de la sumisión y la dictadura ocurren cuando hay un descontento de todos los sectores hacia las acciones del oficialismo, hay un clamor popular para que se realice la consulta popular y responder acerca de la reelección indefinida, se observa el resurgimiento de la protesta y movilización sociales, además es explícita la incapacidad de respuesta del Gobierno ante el modelo rentista y la caída de los precios de petróleo, y no deja de aburrir la estrategia del insulto y la descalificación ante la impavidez de los organismos que controlan y regulan la comunicación.

En este mundo del revés, la izquierda revolucionaria (porque así se autodenomina en Ecuador) reivindica palabras como “sumisión” y “dictadura”. Da la impresión que este sector no tiene la más mínima idea de lo que significa un juego de palabras y peor lo que es la izquierda (ideológicamente hablando). Reivindicar palabras como “sumisión” y “dictadura” va en contra no solo de aquella izquierda que lucha precisamente, porque no haya ninguna de las dos cosas, sino también delata la escasa formación política de quienes utilizan estos términos. Pregunta: ¿cómo se puede ser político sin un adecuado manejo del lenguaje?

Hacer un juego de palabras no es cualquier cosa. Requiere de habilidad, pero sobre todo de contextualizar el debate o explicar por qué se introduce algo lúdico en el juego político. Por eso, “sumisión” y “dictadura” no pueden ser patrimonio de ninguna corriente de pensamiento de izquierda. En este sentido, despertar la atención de la gente acerca de estos manejos de lenguaje equivocados, pero sobre todo desbocados de toda lógica, no supone irse fijando por ahí de cualquier tontería, sino más bien de ir develando hasta dónde puede llegar el sin sentido de la denominada lealtad partidista.

Parecería, por otra parte, que bajo la lógica partidista que mira con buenos ojos la “sumisión” de los militantes hacia el líder, el debate es una acción innecesaria, insignificante y carente de todo sentido en la vida de cualquier tienda política. Entonces, en dónde queda ese discurso que pretende sobredimensionar la participación, la democracia radical y el buen vivir, bajo el criterio que debe haber la construcción colectiva de la sociedad en las múltiples esferas de la vida cotidiana. Seguramente, este discurso queda en nada.

Sin embargo, como para todo tienen justificación los revolucionarios, ya dirán que los “sufridores”, la prensa corrupta y la partidocracia están en todo, sin darse cuenta que mientras más se use el Estado para diluir la diversidad de pensamiento y se coarte el pensamiento de sus propios militantes hay menos posibilidades que la población les pueda brindar confianza, credibilidad y aceptación. Vivimos otro momento político.

Primero de Mayo

07 de mayo de 2015

Estuve ahí, nadie me contó. La realidad superó la propaganda del Gobierno, así como la información divulgada por los medios públicos e incautados que invisibilizaron la marcha convocada por los trabajadores el Primero de Mayo en todo el país, pero especialmente en Quito. Esta tergiversación se produjo en un marco legal que prohíbe terminante este tipo de manejos informativos. La Ley Orgánica de Comunicación en el artículo 22 dice que “todas las personas tienen derecho a que la información de relevancia pública que reciben a través de los medios de comunicación sea verificada, contrastada, precisa y contextualizada”. Es decir, se trató de crear un imaginario colectivo que disminuyera la capacidad de convocatoria de los trabajadores, así como la autoconvocatoria de la ciudadanía. Pero, una vez más, la realidad fue más poderosa que la parafernalia mediática.

Ese día, decenas de miles de personas se concentraron frente al edificio del IESS, al edificio de los afiliados. Eran las 10h30 de la mañana y todavía no se movía la multitud, pues eran cuadras de cuadras que exigían respeto a la libertad de expresión y pensamiento, sin perder de vista el rechazo al monólogo con el mismo guión. La ciudadanía que se concentró era heterogénea, multiclasista, intergeneracional, la mayoría sin afiliación política. Las expectativas de los trabajadores fueron superadas, pues la autoconvocatoria ciudadana fue mayor. Lo más interesante es que en esta marcha no se tomó lista, no hubo incentivos, no estaba en juego la contratación de nadie, no hubo sanduchito ni jugo, no hubo transporte de ida y vuelta ni tampoco represalias. Esto no supone, por cierto, que haya desaparecido un gran porcentaje de la población que tiene confianza en el líder y que también caminó ese día en la contramarcha.

Fue interesante observar como miles de personas en compañía de amigos y también de la familia clamaban porque el Gobierno no deje de aportar el 40% para las pensiones jubilares, que se reconozca la deuda con el IESS, que desaparezca la prepotencia y la estrategia de descalificar bajo la maquinaria de los medios, que termine el monopolio de la verdad. Es difícil ocultar el costo de la vida, el arribismo de los funcionarios de primera, segunda y tercera, la propaganda grotesca e invasiva. Esta misma población que salió a las calles por el hartazgo hacia la manera de hacer política por parte del oficialismo, no desconoce los cambios favorables en materia de educación, vialidad y discapacidad, pero ya dejó de tolerar el uso del aparataje del Estado para desconocer cualquier criterio diferente.

El error gravitante del Gobierno es seguir pensando que Alianza PAIS es el sector público. Y este error gana en proporciones cuando saca a un gran porcentaje de burócratas a las marchas de apoyo, como si de esa manera se pudiera crear una verdadera militancia, sentar las bases ideológicas y apuntalar la defensa de una propuesta programática. Otra vez más, el Gobierno cree que los burócratas son más, debido al número de empleados públicos que movilizaron. Pensar que el Estado es igual a un partido político delata la debilidad del oficialismo, puesto que en ocho años no ha podido sentar unas verdaderas bases y eso explica –de alguna manera- la derrota en las locales de febrero del año pasado.

Parecería que desde la última derrota, el oficialismo ha caído en una sucesión de errores: el Gobierno termina convirtiéndose en su peor enemigo. Por otra parte, la activación de la protesta y la movilización social van de la mano con nuevos escenarios y elementos de análisis de cara al año electoral:

a) un gran porcentaje de la población ha expresado el deseo de ir a las urnas para decidir acerca de la propuesta de reelección indefinida para todos los cargos,

b) el Gobierno no sale de su única estrategia: buscar un enemigo y sobredimensionar la figura del líder,

c) hay un malestar evidente y de varios sectores, pero no hay un liderazgo que logre capitalizar la coyuntura,

d) la fragmentación política entre lo local y lo nacional es más evidente,

e) la crisis económica hace sus efectos,

f) PAIS no sabe generar relevos y las caras visibles del movimiento terminan siempre como segundos, terceros o cuartos,

g) ahora más que antes, está en debate la efectividad del modelo económico del Buen Vivir en época de crisis,

h) la oposición trata de aprender a juntarse, pero el camino es largo y tortuoso,

i) ya se barajan nombres para las presidenciales y las frutas se mueven de un lugar a otro,

j) las redes sociales terminan siendo el leit motiv de unos medios privados que cambiaron obligadamente la opinión pública por reportajes de cocina, viajes y curiosidades… en fin…

 

 

 

Las contramarchas

28 de abril de 2015

Próximos al Primero de Mayo, Día de los Trabajadores, el país rechaza toda manifestación que signifique una contramarcha contra quienes tienen un criterio diferente acerca de la conducción del Gobierno. Planificar una contramarcha no solo es impensable, sino también repudiable desde cualquier punto de vista, pues no se puede medir el capital político poniendo en disputa a las personas en los espacios públicos. Recordemos que es parte de la democracia la legítima y libre expresión de las personas en cualquier lugar, pero es muy peligroso medir fuerzas de apoyo en medio de la efervescencia popular. Nadie sabe cómo puede reaccionar la masa al calor de las arengas y las consignas.

Asimismo, tratar de impulsar una contramarcha es contradecirse en el discurso político, pues antes criticaban a Lucio Gutiérrez por haber impulsado una fuerza de apoyo en las calles contra los Forajidos. Sería saludable que el oficialismo refresque ideas, reflexione sobre la democracia que impulsaron y de la que tanto hablan desde la creación de su plan político antes ser Gobierno, y descubran que no hay nada mejor que la diversidad de criterios y no la unanimidad de pensamiento.

Tampoco podemos dejar de mencionar que es inimaginable promover contramarchas en países como Uruguay, Chile, Brasil, Costa Rica, Colombia, Perú, Bolivia, Argentina, Paraguay no así en Venezuela, para tomar en cuenta algunos casos. Es decir, la mayoría de países en la región entienden la democracia como el respeto a la diferencia, la tolerancia al otro, el compromiso por auspiciar las libertades civiles y políticas. Entonces, no digamos que la defensa de cualquier gobierno mediante estrategias como las contramarchas es válida.

Entonces, de la democracia no solo se debe hablar, también se la debe practicar y fortalecer. Las libertades de pensamiento, expresión, prensa, culto, asociación y reunión no son entelequias, son tangibles del sistema político. Por lo tanto, el verdadero capital político de un Gobierno se cuece en la consistencia entre el discurso y la práctica y en la capacidad de reconocer la diversidad.

 

 

 

 

 

Acuerdo político

21 de abril de 2015

El Gobierno logró lo que la oposición no pudo en estos ocho años: juntar a las distintas agrupaciones políticas en contra de varios temas, como la reelección indefinida para todos los cargos de elección popular, el estilo descalificador del Presidente, el desconocimiento de la deuda del Estado al IESS, el retiro del 40% para las pensiones jubilares, la espesa burocracia que promociona la felicidad y el Buen Vivir, la prepotencia de mandos altos, medios y bajos que imitan el comportamiento del líder y el monopolio de la verdad, entre los más visibles.

En un histórico acuerdo, porque antes no se había registrado algo igual desde el retorno a la democracia, Pachakutik, Compromiso Ecuador, Sociedad Patriótica y diversas agrupaciones políticas defienden la democracia sobre la base de sostener su discurso en la importancia de la alternabilidad en el poder, la autonomía de las funciones del Estado, la transparencia electoral y la independencia que debe tener y demostrar la Corte Constitucional. Este acuerdo no solo es histórico, sino que evidencia que vivimos otro momento político.

Este nuevo momento se caracteriza, por que estamos a un año de empezar la carrera electoral y el panorama no es favorable para Alianza PAIS, quien ha monopolizado el poder durante ocho años. Entre las razones obvias están el descalabro de los precios del barril de petróleo, lo cual deja sin piso la política asistencial. Por otra parte, ha sido evidente la incapacidad del aparato de propaganda gubernamental de levantar cabeza desde la derrota de las seccionales y la Asamblea pasa por su peor momento con decisiones como la de las pensiones jubilares.

Lo más grave es que el oficialismo no tuvo un plan de sucesión de liderazgo y están expuestos a ensayar fórmulas que les podría conducir a una derrota tanto de las presidenciales, así como de la Asamblea. En este contexto, no es muy difícil que aparezca un ‘outsider’ como el mismo mandatario lo fue en su momento o el Alcalde de Quito en el suyo. Todo puede pasar en el Ecuador de la incertidumbre política. Mientras ello sucede, la oposición aprendió a capitalizar los errores del oficialismo sin hacer esfuerzo alguno.